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Para Leonel y Danilo: ¿obra de gobierno o sueño?

Por: Leonel Martínez

 

Todo el que anhela llegar a la presidencia de la República debe tener bien claro la diferencia entre una obra de gobierno y un sueño. En un período de cuatro años se completa una obra de gobierno, pero los sueños tardan mucho más. Para lo primero se preparan los candidatos, para lo segundo, se establecen los partidos. Los hombres están limitados por el tiempo, las entidades políticas continúan abiertas a las generaciones del presente y del porvenir.

 Y es precisamente en este punto donde está la gran confusión de aquellos que ya han sido presidentes y desean más tiempo para “completar su obra de gobierno”. En ese rejuego se anida la ponzoña del poder. Aquí surge la trampa del “vuelvo y vuelvo”, o el descaro de que, “mientras él respire que nadie aspire”.

El político realmente demócrata frena su ansia de alcanzar nuevamente la silla y favorece el fortalecimiento institucional al impulsar un nuevo liderazgo al interior del partido, no se aprovecha de la jerarquía de los altos puestos dirigenciales para proyectar su imagen en desmedro de los que desean también llegar, y que pierden tiempo como si fuesen músicos que afinan sus instrumentos para hacer una grabación, mientras el director de su orquesta avanza distribuyendo su música en los medios.

De esa forma, la llamada igualdad en la competencia es un fraude igual que introducir votos falsos en la urna. El privilegio que implica los cargos de mando, es una pesa colocada sobre el platillo para inclinar la balanza a su favor y en contra de los demás, que se decepcionan al sentir que la democracia interna es otra mentira.

Si cuatro años no han sido suficientes, entonces cuatro más podrían servir para completar lo que ha faltado. Pero si se necesitan cuatro más, ya eso se proyecta como pura ambición personal en desmedro de los aspirantes del partido. Y si todavía se entendiera que es necesario cuatro años más, se estaría caminando por los senderos de los sueños individuales que terminan dañando los partidos y ese es esencialmente el peligro de los que no se conciben fuera de la presidencia de la República.

La conclusión es simple: los candidatos son para la obra que se debe realizar en un cuatrienio, para los sueños son los partidos. No existen dudas de que la suma 4+4+4+4=16, es una cifra exagerada para que una sola persona se estampe en el poder. A duras penas peor si ese soñador necesitara de otros períodos adicionales porque considerara que faltan “muchas cosas por hacer para terminar sus sueños». Y de ahí a la tiranía hay un trecho muy corto.

La democracia no debe ser un sistema para unos monarcas ilustrados, ni mucho menos para dictadores que usan la publicidad como los adivinos, magos o hechiceros se apoderan del arte de birlibirloque para sorprender a los tontos.

Con transparencia la democracia se muestra por fuera y por dentro, abriendo el espacio a todos los que quisiesen ser presidentes, para que el país se refresque con hombres nuevos de capacidades probadas. En ese contexto concluirá para simple el ciclo caudillista de nuestra historia.  Dejando evidente que en las cumbres palaciegas después del 2020 ya no deben quedar otros tabernáculos para venerar los imprescindibles dioses en la tierra.

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