domingo , marzo 24 2019
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Descodificando a Danilo

Por Leonel Martínez

 

En Danilo hay un misterio profundo en su mirada, una luz que quiere mostrar todo sin enseñar nada. Danilo exhibe un manantial secreto en el tono de sus palabras, se siente la humedad, pero por su modestia no se aprecia lo mojado en sus quehaceres cotidianos.

Sus pasos firmes no se notan, más quedan las huellas del calzado en la más mínima de las acciones. Danilo revisa contratos, pasa peaje a los peajes, avanza grado a grado, pero prefiere sortear las obras para que cualquier ingeniero pueda construir su propio futuro sin esperar sacarse la lotería. Y aunque los domingos son para ir a misa, Danilo prefiere comulgar con los pobres que nadie rezaba por ellos, con quienes desea compartir el diezmo del Presupuesto Nacional.

 Danilo quiere proclamar que es diferente, que es otro, sin embargo, se niega a decirlo con palabras, prefiere que sean los hechos los que suban al púlpito a decir la homilía, porque de hermosos sermones ya están “jartos” lo fieles. Él le deja los discursos a los que viven solo de discursos. Danilo lo entendió temprano: gobernar no es hablar.

Una mirada al pasado lo retrata: de rostro frío, de semblante firme, terco sin terquedad, resistente como una palma en tempestad, lo vencieron dentro de su propia “morada” con la fuerza silente del dinero sin precio. Danilo asimiló los golpes, creció y en la derrota supo hacer su cueva como el carpintero, usando su pico para cavar duro en la realidad de un país vendido como un despojo a intereses de grupos.

Danilo no es de cristal, pero trata de ser es transparente. No gusta de lo opaco y se aparta de los espacios con sombras. Basta con verle la cara, se nota que no tiene otras caras. Se advierte que odia las máscaras y el disfraz porque para Danilo gobernar no es un carnaval. Quizás por eso en sus viajes al exterior no hace feria de los recursos del Estado y en sus recorridos por el interior del país prefiere visitar agricultores, ganaderos, gente de trabajo y no los vagos politiqueros que siempre han vivido de los cuartos del gobierno.

Danilo sonríe poco, aunque no es un amargado, todo lo contrario, sabe que los problemas del país no son como para sonreír a carcajadas. No obstante, piensa en la sonrisa de los millones que su partido no ha logrado sacar de la miseria. Danilo se podrá reír cuando el pueblo logre comprender que no es necesario soñar con un “nuevayor chiquito”, sino con una nación grande en dignidad, amplia en orgullo e inmensa y libre de engaño multinacional. Danilo es extraño, ampliamente silencioso, solo su humildad compite con su mudez. Pero no se confundan, existe un gran ruido en su silencio, un trueno acumulado que ha preferido que primero se muestre el relámpago, para que luego caigan en copos la lluvia de sus proyectos.

Le temo a Danilo, me da miedo, casi duermo con la lámpara encendida, pues existen fantasmas que trabajan sin descansar mientras uno sueña, que elaboran grandes estrategias cuando otros están bien arropados. Es decir, actúa igual que “duendes que no duermen”.  Y este presidente parece uno de esos galipotes que ha decidido ocultar la grandeza de sus metas en el sólido lenguaje del silencio. Es verdad que la política es un digno espectáculo, para algunos un circo, él rechaza el show, el aparataje, eso es propio de faranduleros y el Palacio Nacional, aunque está en un alto no es una tarima.

Danilo no quiere fotos suyas en los despachos. Danilo no tiene fundación. Danilo no pretende cámaras, les importan los titulares de alabanzas y los editoriales que cobran al final de su período, quienes los levantan hasta las nubes pierden su tiempo, ya la época de los faraones pasó, aunque haya algunos que se sientan dioses del Olimpo. Danilo le pidió al Supremo que le permita siempre ser el mismo. Él no quiere otro Danilo, arrogante, vanidoso, adinerado, engreído y profundamente ambicioso de poder y más poder. Ser simple ciudadano cuesta y más cuando se está en las alturas. Quienes cambian nunca fueron tales, son la careta de su ego, por eso necesitan adulones, aplausos y toques de cornetas.

Danilo solo se parece a Danilo, nada de “el Balaguer chiquito” ni mucho menos de “Maquiavelo en potencia”. Y parece que no necesitará de muchos períodos para realizar lo que otros ni hicieron ni harán. La diferencia se aprecia, se nota, se siente y se respira. La diferencia ahorra, posee sentido de austeridad, se aleja del despilfarro y le huye al mal hábito de dar ventajas a los allegados.

Danilo se preparó para gobernar, por eso no hace alarde de saber en foros y eventos. Y recordar que sus opositores internos le coreaban, “solo ganamos con él”. ¡Lo que es la vida! Ha pasado un tiempo y se puede volver a gritar, “solo ganamos con él”. Pero ahora “él es él”, sin rugido, Danilo.

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